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Nació en Saltillo, Coah., el 3 de noviembre
de 1871; falleció en Madrid, España,
el 30 de junio de 1942. Categoría:
Correspondiente mexicano. |
Carlos
Pereyra nació en Saltillo, Coah., el 3
de noviembre de 1871 y murió en Madrid,
España, el 30 de junio de 1942. Fue miembro
Correspondiente de la Academia Mexicana.
Ortega y Gasset, pensador, en
muchos de sus puntos de vista, de atrayente originalidad
y, como español culto que era, dueño
de un castellano fácil de entendimiento,
hombre de galana palabra y persuasivo, en gracia
a su elocuencia, no dejaba, con todo, de descubrir
Mediterráneos y de pretender abrir puertas
ya abiertas. Decía, al referirse al hombre,
que éste era él y sus circunstancias,
lo que es tan cierto, por otra parte tan patente,
que un dicho vulgar: la ocasión hace al
ladrón palmariamente lo comprueba. Los
escolásticos hacían ver que lo que
nos rodea, es a saber lo que está circundándonos,
es una causa eficiente, una causa que nos mueve
y aun nos empuja y, en algunos casos, nos embiste.
¿No el ladrón se aprovecha de la
ocasión?
Don Carlos Pereyra tuvo, desde
niño, allá en su Saltillo natal,
un alrededor de orden moral, aunque no por esto
exento de materialidad. La tumba de sus abuelos
estaba del otro lado del río Bravo, en
Tejas, en una época unida a Coahuila. Terra
patrum, la tierra de los padres, que decían
los antiguos, es la patria, donde yacían
los antepasados de don Carlos y cuyos huesos se
convertían, por ley natural, en polvo,
instrumento éste de esa obra de fusión,
de identidad, de arraigo, ya no era, ya no podía
ser mexicana. De aquí que la circunstancia
oprimía, mutilaba, ponía en gran
desazón, en congoja continua, al niño
Pereyra. Y esta circunstancia fue siempre parte
de su personalidad. ¿No se podría
válidamente deducir de ello que la vocación
de historiador de Pereyra se engendró en
esa amargura, compañera que fue de toda
su vida?
Su afición a escudriñar
cosas en papeles viejos y su amor a la historia
se advierten claramente en la obra llevada al
cabo de don Genaro García, de dar a la
estampa documentos, y en la colaboración
prestada a don Justo Sierra, consistente en escribir
por éste lo que éste firmó,
lo que, y es pertinente decirlo, no fue secreto,
sino amistoso compañerismo, y no significó
ningún desdoro para ninguno de los dos.
Compañero de Salado Álvarez
en la embajada de México en Washington,
siendo embajador don Enrique Creel, después
Secretario de Relaciones, y antes gobernador de
Chihuahua, Pereyra estudió concienzudamente
los archivos diplomáticos. Ya sabemos que
no podemos indagar lo que más a pecho tomamos
de las cosas de nuestra historia sin acudir a
las bibliotecas de los Estados Unidos y a los
testimonios escritos por sus hombres públicos.
Washington y Bolívar,
los Estados Unidos y España, la civilización
anglosajona y la mediterránea, el catolicismo
y el protestantismo, en una palabra, y como concreción
de todo esto, México y nuestros vecinos
del norte. El libro que resume lo anterior y que
muy en lo particular estimaba mucho don Carlos
es el que dio a la estampa con el nombre de La
Doctrina Monroe.
En su larga estancia en España,
dedicado con ahínco al estudio, trabajador,
podría decirse que las veinticuatro horas
del día, puesto que hasta en su sueño
veía papeles y escribía notas, aclaró
el contacto de Europa con América, la razón
del descubrimiento de Colón, los méritos
de los navegantes españoles y portugueses,
las corrientes de poblamiento y el necesario noviciado,
para establecerse en el continente, a que tenían
que sujetarse los colonos, so pena de ver frustradas
sus pretensiones de hacerse mexicanos, o argentinos,
o peruanos, o, en general, americanos. Porque
el poblador dejaba de ser peninsular.
Sus libros La conquista de las rutas oceánicas,
La huella de los conquistadores, Cortés,
y esa obra maestra, Breve historia de la América
española, en un estilo de gran escritor,
lapidario, pesado por el consiguiente, pero no
por aburrido sino por conciso e inobjetable, de
sobria elegancia, por otra parte, demuestran lo
que significó ese contacto, el cual, por
su contenido, se prolonga todavía y, dada
su excelencia, es promesa cierta de duración,
por tanto de civilización.
Europa es la ciencia, la tecnología,
la creación de bienes y, por todo ésto,
es la maestra en los métodos de dominio
de la Naturaleza, o sea válida experiencia
del bien vivir. Que todo esto haya sido transplantado
en los Estados Unidos y que este país sea
un portaestandarte de la civilización industrial,
hacedor y mantenedor de un imperialismo económico,
es un aspecto, a veces doloroso para muchos.
Don Carlos Pereyra sin desconocer,
antes por el contrario, apreciando la valía
de la técnica, hace patente la magnificencia
de la parte moral de la civilización occidental
y, para ser exactos, del aspecto español
de esta civilización. Españolista,
se le llama con un dejo de desprecio y con la
intención de exaltar lo indígena,
a pesar de que aquí, antes de Cortés,
no se usaba la rueda, ni había bestias
de carga, ni se tenía hierro, elementos
indispensables de bienestar y de progreso.
Al destino manifiesto, al dominio,
por tanto, de lo anglosajón sobre lo hispano
aquí en América, y al modo de vivir
de los Estados Unidos, que, según ese destino
manifiesto, debemos copiar, y que, de grado, muchos
de nosotros copian, don Carlos opone la belleza
moral de los grandes varones, para él empezando
por Cortés, que hicieron a México.
La historia, la verdadera, la
que subsiste y con la que nos rozamos continuamente,
es causa de reconciliación y fundamento
de amistad entre los mexicanos. Ésta es
la enseñanza de Pereyra.
Jesús Guisa y Azevedo
Semblanzas de Académicos. Ediciones del
Centenario de la Academia Mexicana. México,
1975, 313 pp.
Véase también:
http://www.filosofia.org/ave/001/a075.htm
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