| Nació
en Los Reyes, Mich., en 1810; falleció
en Roma, Italia, el 14 de diciembre de 1868.
Categoría: Correspondiente mexicano
de la Real Academia Española. |
Clemente
de Jesús Munguía. Hombre de iglesia
y, como tal, de una época, la nuestra de
mediados del siglo XIX, movida y, más que
esto, agitada, desde todos los puntos de vista.
Era la época del acomodo, en muchos aspectos
violento y, muy a menudo, de pasiones desnudas
y sin cortapisas, entre lo viejo y lo moderno,
entre las ideas y las costumbres tradicionales,
las de la Nueva España, que fuimos, y las
de un México independiente, que todavía,
ahora, queremos ser. La política, la economía,
la religión y lo que todo esto implica,
tanto en el sentir de cada quien, como en los
modos y maneras de practicar la sociabilidad,
de entender al hombre y de trabajar para lo por
venir, constituyeron el tema de las discusiones,
de las repulsas, de las vías de hecho.
Y si los cuarteles tuvieron casi en todo la parte
primera y principal, desde luego, y después,
la parte final, aunque muchas veces la parte final
de poca duración, los dueños de
ellos, prebostes o cabecillas, sargentos o generales,
se movían por ideas, o eran empujados por
ideólogos. Y en otra dimensión,
la de la cultura, había un rejuego de enemistad
manifiesta. Y don Clemente de Jesús Munguía,
hombre de estudio, de sólida cultura, de
vivacidad combativa, de convicciones firmes, de
intrepidez impertérrita, de sagacidad adivinatoria,
y de gran humanidad, de una clara conciencia de
patriota y, en toda circunstancia, de inclinación
amorosa al semejante, fue un intelectual lúcido,
sin cuyas intervenciones en la política,
en lo social y en lo doctrinario, no entenderíamos,
bien a bien, lo que fue el México de la
Independencia al Segundo Imperio.
Alumno del Seminario de Morelia, compañero
en él de don Melchor Ocampo, su amigo del
alma de la edad juvenil, fue, al terminar sus
estudios, abogado. Siéndolo, dio muestras
de ser jurisperito al ejercer su profesión
en la misma ciudad de Morelia y aquí en
la capital. Llamado al sacerdocio, se dedicó
a su ministerio, el cual ejerció con sobra
de competencia en la enseñanza.
Filósofo, orador, apologista, de estilo
llano y, a un tiempo, penetrante, tuvo bríos
de ingenio, palabra convincente, frase elegante
y de grandes galas. Si su preferencia fue la de
aclarar los problemas de orden moral, razón
por la cual escribió un tratado de Jurisprudencia
en tres tomos y un curso de Derecho Natural
en cinco, que datan, el primero de 1847 y
el segundo de 1849, no descuidó las cuestiones
debatidas en su tiempo, y se ostentó con
la gallardía del sabio, nunca con la presunción
del que pretende superioridad, amante de la verdad
a secas. Su libro: Los principios de la Iglesia
Católica comparados con los de las escuelas
racionalistas, en las relaciones con la enseñanza
y la educación pública, es un claro
ejemplo de lo asentado.
Su curiosidad intelectual lo llevó a considerar,
haciendo acopio de informaciones sobre el pensamiento
de sus contemporáneos, de aquí de
México y de Europa, los problemas que se
le planteaban al hombre del siglo XIX. Bien es
sabido que en este siglo hizo irrupción
la técnica, de cuya aplicación habría
de originarse una mudanza en las costumbres, en
los tratos sociales, en las ideas políticas
y en las relaciones de la religión con
la ciencia y los hombres de ciencia. No olvidemos
que el Manifiesto comunista de Marx y de Engels
es de 1847. Y que Marx y Engels en este tan aciago
año para nosotros hayan pedido, con instancias
inspiradas en su famoso "socialismo científico",
la anexión total de México a los
Estados Unidos, a fin de ser insertados los mexicanos
en una economía superior, es un dato que
manifiesta muy palmariamente que el siglo XIX
fue un hervidero de cuestiones, de enredos y tramas,
de embelecos, petulancias y utopías.
Fue don Clemente de Jesús Munguía
hombre de controversias, de aclaraciones, de precisiones,
aguerrido y de prontas respuestas. Literariamente
se distinguió, por haber sido no sólo
notable, sino notabilísimo, como orador
sagrado. Su superior fue don Juan Cayetano Portugal,
abogado postulante y político de puestos
públicos, después obispo de Michoacán,
hombre cordial, de grata memoria, quien nombró
a Munguía, además de Rector del
Seminario, su Vicario General. Munguía
fue su sucesor y, como obispo, el último
obispo de Michoacán, y como primer arzobispo,
hombre de iglesia en plenitud, tuvo una vida en
lo político, en lo social y, lo que nos
interesa particularmente aquí, en lo literario,
que ha dejado huella. Hay un tomo grueso de Discursos
varios y otro de Sermones sueltos,
otro más de Instrucciones pastorales,
y en estas obras se puede apreciar su enjundia,
su erudición, la justeza de sus palabras,
su trato con los buenos escritores, los clásicos
de la antigüedad romana y los clásicos
de la literatura castellana, y sobre todo, la
información del pensamiento europeo de
su época. En cuanto a su instrucción
teológica, sus escritos didácticos,
como sus Prolegómenos a la Teología
Moral, demuestran la profundidad de sus estudios.
Don Clemente de Jesús Munguía murió
a los 58 años, ciego y en destierro. Con
todo, su vida fue fecunda para las letras. Su
obra escrita tiene proporciones poco comunes,
que entre nosotros se ha dado en pocos. Pese a
la agitación política, a su labor
pastoral de visitas a parroquias y de sermones
de ocasión, se dio tiempo para hacer obra
de reflexión y de meditación y,
aunque sea un autor olvidado, merece, dada su
valía como escritor, ser frecuentado.
Jesús Guisa y Azevedo
Semblanzas de Académicos. Ediciones del
Centenario de la Academia Mexicana. México,
1975, pp. 180-182
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