Nació
en México, D.F., el 22 de diciembre
de 1864; falleció en México,
D.F., el 15 de agosto de 1939. Ingresó
en la Academia el 22 de marzo de 1909 como
numerario; silla que ocupó: XVII (2º).
Cargo: Director (9º): 1923-1939.
Otras distinciones: Correspondiente extranjero
de la Academia Española el 14 de noviembre
de 1889; Individuo Honorario de la Academia
Colombiana el 20 de marzo de 1935. |
Federico
Gamboa nació y murió en la ciudad
de Méjico (22 de diciembre de 1864 -15
de agosto de 1939).
Rondaba los veinticuatro años
don Federico cuando en 1888 puso firma y fecha
a la alegórica introducción de su
primer libro, Del natural, presentándolo
como un chiquillo que va de visita a casa de cumplimiento.
Y es cosquilleante observar cómo la Academia
le hacía cosquillas. Porque en la casa
donde lleva de visita a su chico vive el Público,
el cual -son palabras del padre de la criatura-
"tiene gran amistad con dos señoronas
de suposición, siempre a su mesa",
que "se llaman la Prensa y la Academia".
Son duras, son volubles, son vengativas, y "aunque
entre sí se detestan y se despedazan sin
piedad, siempre se las encuentra de acuerdo para
un auto de fe"...
Todas estas cosas le soltaba
el juvenil don Federico a la Academia; y miren
ustedes cómo vino después a ella,
para convertirse al cabo, desde 1923 hasta su
muerte, en su Director Vitalicio, en su representación
ejemplar.
Porque don Federico fue el alma,
el centro de gravedad de nuestra Academia. Y esto
de gravedad no se dice por estiramiento: que huelga
ponderar las ágiles travesuras de su charla,
el fluir delicioso de su anecdotario, la anchura
jovial de su cortesía.
Don Federico era la Academia...
porque la Academia no era ni es lo que se suele
fantasear. "De las Academias líbranos,
Señor", clamaba en lírica humorada
Rubén Darío; y muchos lo han tomado
muy a lo serio y hasta no sé si se suponen
genios por abominar de las academias. Lo que yo
sé es que la nuestra nunca ha sido un conciliábulo
de señores tiesos y cejijuntos, cerrados
al aire exterior y desvelados en disparar lingüísticos
anatemas. Es un recinto de escritores de la más
varia fisonomía, que no se mutilan ni se
deterioran al entrar. Claro que, dentro o fuera
de la Academia, cada quien es lo que es, y nada
más. Claro que en ella ni son todos los
que están ni están todos los que
son. Pero ciertamente han resplandecido aquí
los nombres más preclaros de México:
desde García Icazbalceta en el pasado hasta
González Martínez, Pereyra, Nervo,
Antonio Caso, García Naranjo, Alfonso Reyes,
Ezequiel Chávez, Valle-Arizpe, Vasconcelos,
Novo, Torres Bodet o Yáñez en nuestros
días. Gente toda ella en actividad y no
muy dada al melindre gramatical o filológico,
porque sabe que el escritor de raza se mueve con
holgura en el campo vivo del idioma, y conoce
que el mensaje de los clásicos -singularmente
de los clásicos españoles- no es
un mensaje de acartonamiento, sino de audacia
y personalidad. Gente que llega de todos los rumbos
del pensamiento y de la vida, porque nuestra Academia
es lección y espejo de tolerancia, semillero
de civilizada concordia, en que amigablemente
departen el antiguo y el moderno, el heterodoxo
y el católico, vinculados por recíprocas
normas de respeto y por afines móviles
de cultura.
Y aquí don Federico Gamboa
resultaba foco y suma natural de la Academia:
porque en él se condensaban todos los dones
de gentileza, de hidalguía, de hospitalidad
intelectual y cordial que hacen apetecible y apacible
la humana convivencia. Muy viajado y muy airado,
hecho al trato con gentes y costumbres del más
vario linaje, recto sin rigidez y flexible sin
torcedura, nada lograba azorarlo ni encresparlo.
Tenía sosegada y generosa la compresión.
Le ayudaban la sonrisita maliciosa, el terciopelo
diplomático y, sobre todo, el corazón
del hombre bueno.
Mucho escribió: sus novelas,
sus memorias en Mi diario, mil páginas
muy divulgadas. Pero los que sólo han leído
a don Federico lo conocen menos que a medias.
A don Federico había que oírlo.
Había que oírlo
en la charla amistosa, siempre urbano y compuesto,
con el dardo melífico en los labios sin
adarme de hiel en el corazón; con la flor
y la réplica instantáneas; con aquel
continente de quien no rompe un plato -¡y
sabe Dios cómo andaba la vajilla!- sin
perder nunca el comedido paso en el encuentro
de opiniones, y entreverando siempre sus palabras
con aquel arte sumo del que sabe -cosa un tanto
olvidada por muchos excelentes conversadores-
que la conversación es diálogo,
no monólogo.
Y había que oír
a don Federico cuando en el banquete, en la sesión,
en la coyuntura no buscada y sin exigencias de
coturno, se veía obligado a hablar. Había
que verlo levantarse, apoyar levemente las yemas
de los dedos en la mesa, inclinarse un poco hacia
adelante, y entre veras y bromas y como quien
no quiere la cosa, ir deslizando halagos e ironías,
entretejiendo abrojos y pensamientos, subrayando
frases con dedicatoria, salpicando puntos suspensivos...
y manteniendo en regocijo embobado a los que oían.
Alfonso Junco
Semblanzas de Académicos. Ediciones del
Centenario de la Academia Mexicana. México,
1975, pp. 99-101
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