Nació
en Santiago Tuxtla, Ver., el 3 de agosto de
1879; falleció en México, D.F.,
el 11 de diciembre de 1955.
Ingresó en la Academia el 12 de junio
de 1953 como numerario; silla que ocupó:
XIX (1º). |
Nació
en Santiago Tuxtla (Veracruz) en 1879. Murió
en la ciudad de México en 1955. Se graduó
de abogado en la capital de la República.
Dejó la profesión para dedicarse
íntegramente a las letras. Escritor, poeta,
profesor de literatura española en la Escuela
Nacional Preparatoria y de literatura castellana
y literatura general en la Facultad de Filosofía
y Letras. Hombre de extraña personalidad.
Las historias de la literatura mexicana no lo
mencionan, de tal suerte que al morir no se tuvieron
a la mano ni siquiera los datos más esenciales
de su biografía, y todo se redujo a referir
pormenores de su vida, un poco pintoresca en más
de un aspecto.
Uno de sus rasgos es que no
se preocupó por cultivar su fama. Se conformó
con mantenerse fiel a su vocación de lector
voraz, de escritor parco, de maestro para quien
ninguna literatura era desconocida. Si no le quitaba
el sueño la opinión de los discretos,
menos podía alterarlo el juicio de los
necios. Las burlas y las incomprensiones no lo
sacaron de quicio. Como otro escritor mexicano,
Guillermo Prieto, Castellanos Quinto vestía
con desaliño. El paliacate del uno tenía
su equivalente en el bombín del otro. Y
así como Prieto se llevaba muy bien con
las muchachas de servicio y los ganapanes, Castellanos
Quinto era amigo de gente de la más baja
condición, y de toda criatura que padeciera
desamparo, así fueran gentes o animales.
Estaba inscrito don Erasmo en la lista de los
hombres para quienes ningún dolor podía
no ser suyo en un momento dado. Y le alcanzaba
el amor y el sentimiento de solidaridad humana
para equilibrar con ellos lo que en su conducta
pudiera haber con apariencia de locura. Sus clases,
más que tales, eran representaciones, improvisados
espectáculos en los que él era todo:
actor, director, apuntador, público y empresario.
De memoria, sin ayuda de libros, explicaba los
textos inmortales: La Ilíada y La Odisea,
La Divina Comedia y El ingenioso hidalgo Don Quijote
de la Mancha, trances en que se manifestaba como
un actor extraordinario. Quien le vio representar
esas obras, y le oyó la explicación
de ellas, las recordará para siempre. En
esos capítulos era una autoridad universalmente
reconocida. Gran cervantista, excelso helenista,
connotado medievalista, son epítetos que
le fueron aplicados. Conocía al dedillo
aquellas obras y gozaba explicándolas y
hacía gozar a sus oyentes.
La poesía de Erasmo Castellanos Quinto
se emparienta con algunos de nuestros poetas de
hace medio siglo, con algún momento de
Urbina, pudiera decirse. Símbolos fáciles,
evidentes; buena versificación, un claro
sentimiento del paisaje y de las cosas próximas,
son algunos de los atributos de su poesía.
Esto tuvo de singular: ninguna otra mano intervenía
en sus creaciones. Castellanos Quinto era responsable
de su libro desde su simiente hasta que estaba
impreso. De allí que fuera a un tiempo
autor, impresor, encuadernador y dibujante. Publicó:
Del Fondo del abra (1919), y después de
su muerte apareció Poesía inédita
(1962).
Fuente:
Andrés Henestrosa
Semblanzas de Académicos. Ediciones del
Centenario de la Academia Mexicana. México,
1975, 313 pp.
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