| Nacido
el 19 de junio de 1764, murió el 23
de setiembre de 1850, |
INTRODUCCIÓN
A SU VIDA Y OBRA
Desde 1764 hasta 1810
Figura prócer, por excelencia, de la Historia
Nacional, Primer Jefe de los Orientales y primer
estadista de la Revolución del Río
de la Plata, según acertadamente se le
ha llamado.
Nacido el 19 de junio de 1764, hijo de Martín
José Artigas y Francisca Antonia Arnal,
según la partida que luce al folio 209
del Libro Primero de Bautismos de la Catedral
de Montevideo, su abuelo, Juan Antonio Artigas,
había sido uno de los primeros pobladores
de la Ciudad. Concurrente cuando niño al
Colegio Franciscano, recibió la mediocre
enseñanza de la época, y hecho jovencito,
pasó durante su juventud a ocuparse en
faenas rurales en la campaña despoblada,
donde las autoridades, poco más de nominales,
eran incapaces de tener a raya al gauchaje levantisco,
y de contener los avances y tropelías de
los grupos de indios charrúas y minuanos,
más numerosos, pero no peores, que los
contrabandistas portugueses que infectaban la
zona.
La que podría llamarse carrera de armas
de José Artigas, principia el día
10 de marzo de 1797, cuando ingresó en
el Cuerpo de Blandengues, unidad militar cuyas
funciones eran, en lo principal, funciones de
policía y vigilancia.
De entrada tuvo a su cargo una partida recorredora
de los campos, y ascendió sucesivamente
a ayudante mayor de milicias de caballería
y luego a capitán, hasta que el 3 de setiembre
de 1810 recibió el mando de una compañía
veterana de Blandengues de la Frontera.
Su actividad continua en el servicio era prenda
de orden para los estancieros y pobladores de
la campana, y garantía cierta de vidas
y haciendas.
En esa carrera, donde comprendió la esencia
de la realidad popular que debía imponer
las directivas a su obra de hombre público,
tuvo ocasión de convivir, casi un año,
en íntimo contacto con Félix de
Azara, sabio naturalista español y hombre
de profundos y variados conocimientos, cuyas ideas
en materia económico - social Artigas asimiló
indudablemente, pues aparecen más tarde
en varias de sus concepciones de hombre de gobierno.
Azara, en los años 1801 - 1802, desempeñaba
funciones oficiales como encargado de límites
en la frontera con Portugal.
Las autoridades superiores de la colonia, por
su lado, compartían el buen concepto general
sobre Artigas y existen múltiples e inequívocas
pruebas de la confianza y consideración
que, de Gobernador abajo, mereció de los
funcionarios españoles.
Querido y respetado por la gente de campo, su
valor y sus condiciones de soldado se hacían
presentes, de modo natural, sobre el elemento
criollo, que penetraba bien el sentido de justicia
equitativa y tolerante, característica,
del Capitán de Blandengues. A la hora de
las invasiones inglesas marchó a combatir
contra los extranjeros "herejes", y
el día en que Montevideo fue tomada por
ellos (3 de febrero de 1807) dirigiose al campo
con el propósito de organizar fuerzas que
resistieran en el interior.
Sobre un primer plantel de trescientos hombres,
reclutado con la cooperación del saladerista
Secco, agrupando los peones de las estancias y
los paisanos que acudían a ponerse a sus
órdenes, prestamente tuvo Artigas elementos
de fuerza y, sobre todo, posibilidad de movilizarlos
y ponerlos en acción por la buena calidad
y abundancia de los montados.
Pero no fue preciso llegar a la lucha, pues los
ingleses evacuaron el Río de la Plata,
en derrota, y el señorío colonial
de España pudo reanudar su marcha con la
misma lamentable torpeza y cortas miras de un
régimen anquilosado, en disolución
espontánea.
Cuando se trata de salvar los intereses públicos,
se sacrifican los particulares
De 1810 a 1812
De este modo, la Revolución del 25 de Mayo
de 1810 en Buenos Aires halló a Artigas
reintegrado a sus funciones de policía
en la campaña, pero no ajeno a las ideas
nuevas que fermentaban.
Sirviendo hasta ese entonces a las órdenes
del Brigadier José Muesas en la Colonia
del Sacramento, el Capitán Artigas abandonó
las filas españolas en febrero de 1811,
cruzando el Río Uruguay rumbo a Buenos
Aires, en compañía de Rafael Ortiguera,
Teniente de su misma Compañía, para
ofrecer su espada a la patria.
Su concurso, que Mariano Moreno ya había
señalado como valioso, se aceptó
por la Junta Revolucionaria el día 15 de
febrero cuando acudió a presentarse, y
Artigas tuvo el encargo de preparar, desde la
fronteriza provincia de Entre Ríos, el
levantamiento de la Banda Oriental, utilizando
al efecto sus relaciones y su prestigio en la
tierra nativa y los hilos que virtualmente estaban
tendidos.
Los primeros pronunciamientos tuvieron por teatro
el pueblo de Belén, en el Alto Uruguay,
y la costa del arroyo Asencio, Soriano, y a su
preparación no era ajeno Artigas.
La hora esperada parecía haber sonado y
con los auxilios que proporcionó la Junta,
la cual lo había promovido a Teniente Coronel
efectivo por decreto de 9 de marzo de 1811, arribó
a su provincia al mes justamente de tener el mando
-9 de abril de 1811- a fin de tomar intervención
personal en la guerra, trayendo a sus inmediatas
órdenes ciento cincuenta plazas del Batallón
de Patricios.
Aceptado generalmente como verdad que el desembarco
se haya producido por el actual departamento de
Colonia, en la Calera de las Huérfanas,
hay pareceres muy respetables que consideran que
la ruta de Artigas debió ser, saliendo
de Entre Ríos, camino que lo llevó
al campamento de la capilla de Mercedes de Soriano,
lugar donde asentaban las fuerzas patriotas, cuya
jefatura le habían confiado las autoridades
de Mayo al General Manuel Belgrano, a su regreso,
vencido, del Paraguay.
Llamado éste a Buenos Aires a responder
del fracaso de dicha expedición, el General
José Rondeau fue el jefe que vendría
a sustituirlo.
Artigas asumió la jefatura de la vanguardia
patriota iniciando marchas hacía el Sur.
Su presencia determinó una rápida
agudización del sentimiento insurreccional,
puesto de manifiesto por las innumerables incorporaciones
de gente en armas por la patria, según
se aprecia en toda la extensión de la provincia
que, llamada entonces Banda Oriental, pronto se
halló bajo el control de los patriotas.
Solamente los pueblos de cierta importancia, con
Montevideo como baluarte principal, quedaron bajo
la obediencia de las autoridades españolas.
Las primeras hostilidades no tardaron en producirse,
registrándose triunfos para la patria en
El Colla, Porongos, Paso del Rey sobre el río
San José -21 de abril- y en el ataque y
toma de la Villa de San José el 25, mientras
oficiales suyos vencían a los españoles
en Maldonado y en San Carlos.
Artigas iniciaba entonces, a la vez una carrera
de político y de soldado que sólo
debía durar nueve años, que no son
nada, si bien se mira, en una vida que totalizó
ochenta y seis, pero que fueron bastantes para
que, por su obra y su gravitación futura,
pueda considerársele como una de las personalidades
más vigorosas y completas de la historia
continental.
Trasladado su Cuartel General a San José,
Artigas reunió sus fuerzan con las de su
pariente Manuel Antonio Artigas, y avanzando con
unos mil hombres sobre los realistas que operaban
en Canelones, obtuvo sobre ellos, al mando del
Capitán de Marina José Posadas,
el 18 de mayo de 1811, la victoria de Las Piedras,
batalla campal en que el jefe español rindió
su espada al soldado montevideano y donde éste
-al decir del Deán Funes- "manifestó
un gran valor y un reposo en la misma acción,
con que supo encender y mitigar a un mismo tiempo,
las pasiones fuertes y vehementes de su tropa".
Las dianas de la Provincia Oriental resonaron,
así, como los primeros acentos triunfales
de la Revolución de Mayo. Otras, que las
estrofas del himno nacional argentino recuerdan:
San Lorenzo, en las altas barrancas del Paraná,
y Suipacha, en los lejanos confines del Virreinato,
harían eco a las dianas de San José
y de Las Piedras.
Continuando su marcha rumbo al Sur, el 21 del
propio mes de mayo el ahora Coronel Artigas apareció
con sus huestes en el Cerríto, altura de
donde se divisa de cerca Montevideo, e intimó
rendición al gobernador Francisco Xavier
Elío, que mandaba la más poderosa
plaza fuerte de España en las costas del
Atlántico.
El español, como es natural, rechazó
de plano al emisario artiguista y fue preciso
pensar en la formalización del Primer Sitio
de Montevideo.
El nuevo jefe enviado por la Junta Revolucionaria,
General José Rondeau, llegó recién
el 1° de junio al campo del Cerrito, tomando
enseguida la dirección de las fuerzas patriotas.
La invasión de un ejército portugués
a las órdenes del General Diego de Souza,
que en julio del año 11 penetró
hasta Melo y Maldonado, y cuyo auxilio había
conseguido el jefe español encerrado en
Montevideo para favorecer comunes intereses dinásticos
de los Borbones de la Península, uniéndose
a los reveses militares experimentados por la
causa independiente, cuyos soldados al mando de
Balcarce habían sido deshechos en Huaquí
(en el Alto Perú) llevaron a que la Junta
de Buenos Aires iniciara negociaciones con Javier
de Elío.
De los tratos, resultó el armisticio del
20 de octubre de 1811, por el que se estipulaba
el levantamiento del sitio de Montevideo, mantenido
desde hacía casi un semestre por las armas
patriotas, debiendo retirarse de la Banda Oriental
los ejércitos de Buenos Aires y los del
portugués, reconociéndose así
en ella la autoridad española. A consecuencia
de ese convenio la Provincia Oriental venía
a hallarse subyugada y sin defensa, segregada
de hecho de las que se denominaban unidas.
La Junta designó a Artigas Gobernador de
Yapeyú, pareciendo que no le quedaba a
nuestro destemido Capitán otra solución
que convertirse en un jefe subalterno más
dentro de las filas del ejército independiente.
Pero Artigas, aceptando el cargo que se le confiaba,
resolvió con la firmeza serena de los que
llevan misión, sustraer a las gentes coterráneas
que bien podía llamar suyas, al yugo de
los españoles, y convertido en jefe de
todo un pueblo, superando lo tremendo del momento,
emprendió marcha a su jurisdicción.
Rumbo al Norte, costeando casi el Río Uruguay,
llevó tras de sí los tres mil hombres
escasos del ejército a sus inmediatas órdenes,
pero le seguía una caravana de quince mil
personas, de toda edad y de toda clase social,
que configuró el histórico cuanto
extraordinario episodio denominado El Exodo del
Pueblo Oriental.
Tres meses duró la nunca vista marcha,
de octubre a diciembre de 1811 y al llegar al
Salto del Uruguay, y puesto por medio el obstáculo
del gran río como defensa natural de los
portugueses. Artigas acampó con su gente
en el Ayuí, en la margen derecha, en tierras
de la jurisdicción misionera sobre las
cuales era gobernador.
Desde 1812 hasta 1815
El convenio de 20 de octubre entre españoles
y porteños, no podía, razonablemente,
tener andamiento, pues en la mala fe de las partes
contratantes estaba el secreto de su debilidad,
y los portugueses invasores de la Provincia Oriental
tomaron a poco de andar tal empuje, que la autoridad
de Buenos Aires vio el peligro real que ello significaba
en el mapa político. Entonces se propuso
reforzar a Artigas acampado en el Ayuí,
y hacer frente, en la provincia, a los invasores.
Gaspar Vigodet, sustituto de Elío en el
gobierno de Montevideo alegó el convenio
de octubre y amenazó con oponerse a aquél
propósito con las armas en la mano. Un
gobierno triunviral, que había sustituido
en Buenos Aires a la Junta, procediendo con más
energías que ésta, denunció
el armisticio el 6 de enero de 1812.
La presencia de los portugueses significaba en
esos momentos una grave complicación y
el gobierno del Triunvirato, contando con los
buenos oficios del representante de Inglaterra
en la corte de Río Janeiro, pudo negociar
el tratado que ajustaron los respectivos plenipotenciarios,
Juan Rademaker y Nicolás Herrera, firmándolo
en Buenos Aires el 4 de mayo de 1812. La evacuación
de la provincia por las tropas del General Souza,
aunque demorada por éste cuanto le fue
posible, era un hecho al finalizar agosto.
El campo quedaba libre para dilucidarse la cuestión
de vida o muerte entre españoles y patriotas,
y en esas circunstancias, el General Sarratea
con un cuerpo de ejército pasó al
Ayuí a entrevistarse con Artigas, para
convenir la manera de traer la guerra inmediatamente
a la Banda Oriental, reanudándose la lucha.
Las intrigas en el Ayuí, iniciadas con
la designación de Sarratea, en cuanto significaba
posponer al jefe natural y reconocido de la Banda,
agravaron la situación provocando la defección
de algunos jefes que habían seguido a Artigas
en el Ayuí, como Ventura Vázquez,
Valdenegro, su jefe de Estado Mayor, a la par
que fomentaban las deserciones entre la tropa.
No obstante esa inconducta y las desinteligencias
que fatalmente provocó, Artigas se puso
a órdenes de Sarratea y repasando el Uruguay
vino de nuevo a su tierra, con sus soldados y
su pueblo, Rondeau, jefe de la vanguardia del
ejército de las Provincias, fue el primero
en llegar frente a Montevideo, fijando reales
en el Cerrito el 20 de octubre, y dando vigor
al Segundo Sitio que las partidas patriotas de
José E. Culta tenían principiado
en cierto modo y las cuales se le unieron de inmediato
para remontar el ejército independiente
hasta el número de dos mil hombres.El 31
de diciembre del año 12, rechazando una
salida de Vigodet, José Rondeau logró
la victoria del Cerrito.
El 20 de enero del año 1813, Artigas llegó
al Paso de la Arena del Santa Lucía, con
sus tropas calculadas en unas cinco mil plazas.
Sarratea arribó al campo sitiador con poca
diferencia, acentuando con ello la prevención
con que se le miraba en el ejército. Artigas,
por su lado, declaró que se mantendría
al margen de las operaciones si aquel continuaba
en su cargo, y como uno de sus jefes, el comandante
Fructuoso Rivera, materializando la hostilidad,
se apoderó de las caballadas del ejército.
Rondeau, con plena visión de lo que acontecía,
se dispuso a cortar por lo sano, y provocando
en el mes de febrero una reunión de los
jefes subalternos -extra ordenanza y sediciosa
si se quiere- significó a Sarratea la necesidad
de resignar el mando y alejarse del sitio.
Rondeau asumió entonces funciones de General
en Jefe y Artigas, de inmediato, el 26 de febrero
de 1813, vino al campamento del Cerrito a ponerse
a sus órdenes para el sitio.
En este instante el español Vigodet, encerrado
en Montevideo, considerando posible sustraer a
Artigas de la causa de la patria, efectuó
en tal sentido un hábil sondeo con promesas
de confiarle un alto puesto de mando, pero el
caudillo lo rechazó según correspondía.
La posesión de la Provincia Oriental por
sus nativos era un hecho, y estando, a la fecha,
en funciones la Asamblea General Constituyente
reunida en Buenos Aires, consideró Artigas
que había llegado el momento de hacerse
representar en el cónclave que legislaba
para todos. En esa inteligencia, los pueblos de
la Banda, previamente invitados a hacerlo, enviaron
sus diputados al Congreso de Peñarol, cuyas
sesiones Artigas abrió personalmente, el
4 de abril de 1813.
Entonces dirigió a los diputados el célebre
discurso en que abdicaba de los poderes omnímodos
que había investido hasta ese día,
principiando con estos párrafos: "Mi
autoridad emana de vosotros y ella cesa ante vuestra
presencia soberana. Vosotros estáis en
el pleno goce de vuestros derechos: ved ahí
el fruto de mis ansias y desvelos, y ved ahí
también todo el premio de mi afán".
Después de exigir a Buenos Aires satisfacciones
por agravios anteriores y garantías de
futuro, el Congrego resolvió la designación
de cinco diputados a la Asamblea Constituyente
de Buenos Aires, correspondiendo uno a cada uno
de los cinco cabildos existentes en la Provincia,
de los cuales cuatro eran sacerdotes, y el quinto
un antiguo oficial de Blandengues. Los diputados
orientales marcharon a su destino provistos de
un programa concreto, al que debían ajustar
su conducta, el cual ha pasado a la historia con
la denominación de Instrucciones del Año
XIII.
Se trataba de una pieza político-jurídica
de alcance y significación incomparables,
por los fundamentos democrático - republicanos
que contenía, verdadero canon de una "Carta
Magna" para las Provincias Unidas. Las cláusulas
fundamentales de las Instrucciones de Artigas
eran las siguientes:
independencia absoluta de las colonias;
sistema de confederación de las provincias
conforme a un pacto de reciprocidad;
libertad civil y religiosa en toda su extensión;
la libertad, la igualdad y la seguridad de los
individuos de cada provincia, que debían
constituir la base de los gobiernos locales y
del gobierno central;
independencia de los tres poderes del Estado;
autonomía provincial en su manejo interno;
soberanía, libertad e independencia de
la Provincia Oriental: aniquilación del
despotismo militar merced a trabas constitucionales;
exclusión de Buenos Aires como capital
federal;
garantías de comercio para ciertos puertos
orientales.
Los congresales de Buenos Aires, de tendencias
manifiestamente centralistas y oligárquicas,
se espantaron ante la posibilidad de que se pudieran
traer al debate postulados de semejante audacia,
llenos de inmensa importancia histórica
y doctrinal, y que planteaban problemas que a
ellos no les interesaba resolver.
Ante una perspectiva semejante y pretextando defectos
de forma en la elección, el Congreso no
aceptó los diputados de la provincia Oriental:
rechazando los hombres esperaba rechazar las ideas.
"En el ambiente agreste, donde el sentir
común de los hombres de la ciudad sólo
veía barbarie, disolución social,
energía rebelde a cualquier propósito
constructivo, -dice Rodó- vio el gran caudillo,
y sólo él, la virtualidad de una
democracia en formación, cuyos instintos
y propensiones nativas, podían encauzarse
como fuerzas orgánicas, dentro de la obra
de fundación social y política que
había de cumplirse para el porvenir de
estos pueblos".
Frustradas todas las tentativas de avenimiento
en lo relativo a la no admisión de los
diputados. Artigas contemporizó todavía,
manteniéndose en posición razonable,
pronto a entrar en el terreno conciliatorio, el
que se le llamara.
De aquí nació la idea de convocar
a un nuevo congreso provincial. Este se reunió
en la Capilla de la chacra de Maciel, en la margen
del Arroyo Miguelete, el 8 de octubre de 1813.
La obra de estos asambleístas, dirigidos
por políticos hábiles que actuaban
detrás del General Rondeau, vino a dar
por tierra con todo lo resuelto en el Congreso
de Abril, llegando hasta deponer a Artigas del
gobierno. Pero tan lejos fueron en la maniobra,
que la Asamblea Constituyente de Buenos Aires
no se atrevía a admitir en su seno a los
diputados de Capilla de Maciel.
Ante semejante actitud de los políticos
de Buenos Aires, Artigas, por segunda vez -el
20 de enero de 1814, se retiró del Sitio
de Montevideo llevando consigo más de tres
mil hombres. Iba a extender el radio de su influencia
cada día mayor sobre las provincias litorales,
donde lo reconocían como jefe, y sus pasos
se encaminaron al Norte, deteniéndose en
el pueblo de Belén.
Gervasio Antonio Posadas, Director de Buenos Aires,
respondió con el decreto de 11 de febrero,
declarándolo traidor y enemigo de la patria
ofreciendo un premio de 6.000 pesos al que lo
entregara vivo o muerto. Artigas, por su parte,
declaró la guerra al Directorio, aprestándose
a combatirlo.
En esos días, el Virrey de Lima, General
Pezuela, le enviaba por un propio una carta sugiriéndole
la posibilidad de un convenio que lo favoreciera,
impuesto de que Artigas -fiel a su monarca-, sostenía
sus derechos. Pero Artigas lo respondió:
"Han engañado a V.S. y ofendido mi
carácter, cuando le han informado que yo
defiendo a su ley... Esta cuestión la decidirán
las armas... Yo no soy vendible, ni quiero más
premio por mí empeño que ver libre
mi nación del poderío español..."
La caída de Montevideo en manos de los
porteños el 20 de junio de 1814 pareció
en un momento que iba a solucionar el conflicto.
Torgués, al frente de sus milicias, reclamaba
la plaza en nombre de Artigas, y la respuesta
de Alvear fue el envío de fuerzas que lo
sorprendieron en las proximidades de Las Piedras.
Organizaron los vencedores nuevas autoridades
en la ciudad, y el 16 de junio vino de Buenos
Aires Nicolás Rodríguez Peña,
nombrado delegado del Directorio Supremo y Gobernador
Intendente.
Posadas y sus amigos políticos, si bien
no estaban dispuestos a entregar Montevideo al
Jefe de los Orientales, tampoco excluían
la posibilidad de hallar cuando menos un modus-vivendi.
En ese orden de ideas, tras la "Misión
Amaro - Candiotti", el decreto que ponía
a Artigas fuera de la ley quedó revocado
el 17 de agosto.
Pero la situación de guerra existía
de hecho, y el regreso a Montevideo del General
Alvear, momentáneamente alejado de la plaza,
exacerbó los ánimos del elemento
provincial.
Artigas tenía su Cuartel General en los
potreros de Arerunguá, en el actual departamento
del Salto, mientras Torgués y Rivera operaban
en el sur con excelentes medios de movilidad,
y al cabo de varios encuentros parciales donde
la suerte no favoreció del todo a los directoriales,
Alvear se avino a entrar en arreglos, dispuesto
a tratar con los emisarios que mandara Artigas
a Canelones.
Pero no se procedía de buena fé,
y el propósito era ganar tiempo, simulando
que se retiraban las tropas. Estas fuerzas, mandadas
por Soler, se hicieron sentir prestamente en la
zona de Colonia y luego en San José.
El Coronel Manuel Dorrego, al frente de una fuerte
columna, recibió orden de marchar hacia
el interior y en el curso de sus operaciones logró
sorprender a Torgués en Marmarajá
el 6 de octubre, obteniendo un triunfo fácil
pero engañoso. Sacó de él
una idea plenamente falsa respecto al poderío
y la fuerza de resistencia de las huestes artiguístas.
En esa convicción decidióse a batir
a Fructuoso Rivera y después de varias
alternativas, reforzados ambos ejércitos,
aquel joven Capitán de Artigas le infligió
tan tremenda derrota en Guayabos -el 10 de enero
de 1815-, que Dorrego apenas pudo escapar con
una cincuentena de hombres, vadeando enseguida
el Río Uruguay.
El Directorio, comprendiendo que la partida estaba
perdida, se propuso transar sobre la base del
reconocimiento de los derechos de la Provincia
Oriental a gobernarse a sí misma. El delegado
Nicolás Herrera abarcó pronto la
realidad de las cosas, y se convino que la plaza
sería evacuada por las tropas porteñas,
conforme se efectuó el 25 de febrero de
1815. Al día siguiente Torgués entraba
en Montevideo con título de Gobernador
Militar.
En este primer gobierno patrio, el poder fue ejercido
sucesivamente por Torgués y por Miguel
Barreiro, conforme a delegación de Artigas,
y en su periodo se instituyeron la primera bandera
y el primer escudo de armas de la Provincia Oriental.
Al mismo corto período corresponden también
varias generosas iniciativas de progreso y de
orden, como la creación de la Biblioteca
Nacional y los servicios de rentas y policía
reorganizados.
Desde 1815 hasta 1817
El caudillo, entretanto, permanecía en
su campamento del Hervidero, como activo factor
de los sucesos que iban a desarrollarse en el
vasto escenario de las provincias. Estos culminaron
en la sublevación del ejército directorial
en Fontezuelas, lo que aparejó la caída
de Alvear y la disolución de la Asamblea
Constituyente que sesionaba en Buenos Aires, el
16 de abril de 1815.
El Coronel Alvarez Thomas, erigido como nuevo
Director, trató de acordar su política
con la de Artigas a quien la Provincia Oriental
reconocía como su jefe natural, mientras
que las de Entre Ríos, Corrientes, Santa
Fe y Córdoba eran gobernadas por elementos
que respondían a sus propósitos.
Una Liga Federal estaba virtualmente constituida,
y Artigas trazaba sus rumbos con el título
de Protector de los Pueblos Libres, buscando la
organización bajo el gobierno federativo
democrático, derivado de la voluntad popular,
base de toda soberanía.
Es en tal ocasión que Alvarez Thomas envió
al gran caudillo, a varios jefes de la fracción
vencida, prisioneros y rehenes, para que dispusiera
su castigo. Este no los quiso admitir, diciendo
con altiva nobleza que él no era "el
verdugo de Buenos Aires".
Como debe notarse muy bien, en este trascendental
momento histórico Artigas adquiere perfiles
de estadista que supera el título de simple
jefe de una provincia. Sus firmes rumbos democráticos,
sus ideas de gobierno con fórmulas o concepciones
adivinadas apenas en otras partes del mundo, uniéndose
a la enorme vastedad del escenario, lo convierten
en una figura continental.
Los dos principios antagónicos que se disputaban
la primacía en el antiguo virreinato platense
se hallan frente a frente y de modo claro. El
federalismo con el Protector, que sienta sus bases
en el Congreso de Concepción del Uruguay
-julio del año 15-, y el unitarismo de
Buenos Aires con su Directorio, que proclama la
independencia de las Provincias Unidas por boca
del Congreso de Tucumán, el 9 de Julio
de 1816, elaborando una constitución inaplicable
y buscando como fórmula de solución
el implantamiento de una monarquía absurda.
No era fácil prever hasta qué extremos
podría llegarse en la lucha, y poco seguros
de su fuerza, los hombres de Buenos Aires maniobraron
en el sentido de traer al terreno a los portugueses,
que eran dueños del Brasil, enderezándolos
contra Artigas bajo la acusación de que
su existencia e influencia significaban un poderoso
foco de anarquía, cuyo fuego podía
comunicarse a las provincias meridionales del
Reino.
La ocasión tan esperada de posesionarse
de la margen izquierda del Río Uruguay,
redondeando geográficamente por el sur
la inmensa colonia americana, sueño dorado
de la monarquía portuguesa, se iba a convertir
en una realidad, y la Provincia Oriental fue invadida
por cuatro cuerpos de ejército. Eran más
de diez mil hombres al mando del General Carlos
Federico Lecor, militar experimentado y político
de dudosa moral. En agosto de 1816, los primeros
soldados portugueses hollaron nuestro territorio.
El unitarismo monárquico vio venir la invasión
que lo libraría del caudillo federalista,
con la tranquilidad y satisfacción de un
cómplice.
Artigas se aprestó a la resistencia, solo
y ajustado al plan que sus mismos enemigos iban
a reconocer excelente y el único posible.
Pero la victoria dio la espalda a los patriotas:
Artigas personalmente fue derrotado en Carumbé
el 27 de octubre; Rivera, su mejor lugarteniente,
tuvo igual destino en India Muerta el 19 de noviembre.
Mientras tanto, los invasores progresaban por
el sur internándose cautelosamente hacia
Montevideo, cuyo Cabildo, sin espíritu
suficiente, desorientado por promesas de Buenos
Aires, negoció el 8 de diciembre del 1816
la anexión de la Banda a las Provincias
Unidas a cambio del auxilio armado de éstas,
acuerdo que Artigas rechazó, y que Buenos
Aires no iba a cumplir tampoco.
Desde 1817 hasta 1820
El año 1817 se inició más
pródigo en reveses todavía, escalonando
en enero las jornadas infaustas de Catalán,
el 4; Aguapey, el 19; y la pérdida de Montevideo,
donde Lecor entró vencedor el 20, enarbolando
en la Ciudadela las banderas de Portugal. Los
cabildantes, escasos de dignidad, se mostraron
obsecuentes y sumisos al extranjero.
Mientras tanto, Artigas, que exigía al
Directorio se definiera ante la lucha contra el
enemigo portugués, no obtuvo respuesta,
y entonces, responsabilizándolo ante las
aras de la patria de su inacción y de su
traición a los intereses comunes, le declaró
la guerra el 13 de noviembre de 1817.
A esa hora, la Provincia Oriental estaba perdida
militarmente: jefes de prestigio como Bauza y
los hermanos Oribe habían defeccionado
las filas artiguistas en octubre, y Lavalleja
y Torgués fueron tomados prisioneros en
febrero del año siguiente.
En 1819, la situación ante los progresos
de los portugueses sólo alcanzó
a empeorarse al cabo de dos años de guerra
tan despareja como enconada y sangrienta, y aunque
el 4 de diciembre el sol de una promisora victoria
brilló para los nuestros en el combate
de Santa María el 22 de enero de 1820,
Andrés Latorre perdió la batalla
de Tacuarembó, revés que configuró
un verdadero desastre.
Recuperar la patria en el litoral ganando la guerra
a Buenos Aires, era la única concepción
genial que podía imaginarse, y Artigas
iba a tentarla empleando en ella su último
empuje y su postrer esfuerzo.
Con un corto número de hombres a caballo
-tal vez no sumarían 300- vadeó
el Uruguay por última vez, a solicitar
el auxilio de los caudillos federales de Entre
Ríos, Corrientes y Misiones, que se habían
formado a su lado, y a los cuales él había
enseñado a vencer. Pero sus antiguos tenientes
habían crecido sobremanera y entonces tenían
ya no sólo intereses propios, sino alarmantes
ambiciones de mando, y no podían acudir
con ánimo entero al llamado del antiguo
Protector. Las intrigas, las promesas y el dinero
de Buenos Aires trabajaban y obtenían resultados
maravillosos. De este modo Artigas sólo
encontraría indiferentes o enemigos declarados
como Francisco Ramírez, el Gobernador de
Entre Ríos, que lo desacató en forma
abierta e insolente.
Artigas, que no era hombre capaz de soportar actitudes
semejantes sin primero jugarse íntegro.
Llevó sus armas contra el Gobernador y
lo batió completamente en Las Guachas el
13 de junio de 1820, pero Ramírez, cuya
inconducta le había ganado el apodo de
"El Traidor" -que debía acompañarlo
para siempre en la historia- logró rehacerse
gracias a las tropas y las armas que el gobierno
de Sarratea le proporcionó desde Buenos
Aires y Artigas fue derrotado sucesivamente en
Bajada del Paraná, las Tunas y Abalos en
el término del invierno.
Toda esperanza estaba perdida; "el plan genial"
no pudo ser realidad, y de este lado del río,
el Coronel Fructuoso Rivera -último jefe
de la resistencia nacional- se había visto
en la precisión de rendirse al extranjero
odiado.
Desde 1820 hasta 1850
Entonces, Artigas, atravesando la Provincia de
Corrientes hizo rumbo al Paraguay, donde gobernaba
el Dr. Rodríguez Francia. Embarcándose
en el puerto de Candelaria, antigua capital de
las Misiones, cruzó el anchuroso Paraná
el 5 de setiembre de 1820, después de separarse
de la casi totalidad de sus compañeros,
que restaron en la margen izquierda, y fue a presentarse
a las autoridades paraguayas.
Noticiado el Dictador Supremo Gaspar de Francia
de su arribo, lo consideró desde el primer
momento como prisionero suyo, y en ese concepto
lo retuvo siempre, primeramente en Asunción
donde se le alojó por un corto tiempo y
después en Curuguaty, remoto pueblo de
negros que le fue señalado como término
de destierro, asignándole por varios años
-gobierno curioso el del tirano- el pago de un
sueldo equivalente al de Capitán que Artigas
había alcanzado en los ejércitos
de España. Sin embargo, cuando supo que
invertía en limosnas el dinero que podía
sobrarle, el Supremo le suspendió el estipendio.
Vivió en aquel rincón miserable
casi diecinueve años, hasta que Francia
desapareció del mundo en 1840, siempre
acompañado de sus fieles morenos Ansina
y Lencina. Entonces, más libre pero siempre
teniéndolo en vigilancia, el gobierno sustituto
del tirano le permitió trasladarse a residir
en Ibiray, distrito próximo a la Asunción,
el que poco después, cuando Carlos Antonio
López vino a ejercer las funciones de Presidente
de una república más o menos nominal,
fue incluido entre los límites de la jurisdicción
de la Santísima Trinidad.
En aquella morada que le había cedido el
Presidente dentro de los límites de un
latifundio suyo fueron transcurriendo los días
del Protector, iguales y monótonos, absorbido
por el ambiente, en una vida de hombre del pueblo
modestísima. Allí, el viajero francés
Alfredo De-mersay le hizo del natural, a fines
de 1846 o principios del 47, el retrato único
del Prócer que haya llegado hasta nosotros.
La familia de López -parece probado- dispensaba
al Protector ciertas atenciones, y las gentes
sencillas y pobres de los contornos, habituadas
al trato diario lo estimaban de veras, llamándolo
"Carai Marangatú", predicado
consagratorio que se ha traducido en imperfecta
versión como "Padre de los Pobres",
cuando, según lo dijo el delegado paraguayo
Dr. Boggino en una reunión rotariana en
el Salto, en 1939, la traducción exacta
de las palabras guaraníes, con sentido
más hondo y no menos consagratorio, quieren
decir "Bondadoso Señor".
Las noticias que concreta y fielmente poseemos
de los años del Paraguay son pocas, y en
cambio las leyendas y las amables mentiras abundan
y proliferan, pero este no es el sitio donde haya
que examinarlas a la luz de la sana crítica.
Lo más importante de todo, o sea lo que
toca a las gestiones que se tentaron para que
Artigas se reintegrase al país, es asunto
poco claro, pues las administraciones paraguayas
de la época pudieron haber realizado y
realizaron acaso, recónditas maniobras
tortuosas que configuraran una exterioridad no
ajustada a la realidad de los hechos. Tal vez
Artigas, en el fondo de su cautiverio, ignoró
la llegada de los delegados uruguayos y sus mismas
gestiones. Harían falta papeles directos,
que no han aparecido hasta hoy, para disipar estas
dudas, en vez de las referencias de segunda mano
emanadas de las mismas autoridades que lo tenían
bajo custodia y con arreglo a las cuales hay que
conjeturar y deducir.
Dejó de existir Artigas en la misma propiedad
que el presidente López le había
cedido, el 23 de setiembre de 1850, probablemente
de senilidad y sin dolencia definida, pues no
hay ninguna versión cierta y concreta de
las circunstancias que rodearon el deceso.
Sus restos, seguidos de tres o cuatro vecinos,
recibieron silenciosa sepultura en el Cementerio
de la Recoleta, situado a corta distancia de la
quinta, y allí quedaron en la fosa 26 del
sector denominado "Campo Santo de los Insolventes",
pues nadie obló los dos pesos del derecho
que cobraban los curas.
En aquellas tierras coloradas reposaron hasta
el día en que el Dr. Estanislao Vega, nuestro
agente diplomático enviado por el gobierno
del Presidente Flores, los reclamó y se
recibió de ellos cinco años después,
el 20 de agosto de 1855, para volverlos a la patria,
y ser depositados en el Panteón Nacional,
donde los esplendores de la gloria y de la justicia
histórica vendrían a restablecer
sobre la urna que los encierra.
Aquellas mentiras a gritos, aquellas insolentes
calumnias de gaucho, ignorante, malevo y traidor,
estampadas hasta en los libros de escuela, avergonzarían
hoy a los mismos que las escribieron.Para su rehabilitación
no se necesitaba sino una cosa: estudiarlo con
espíritu imparcial y juzgar de acuerdo
con lo que surgía de los documentos.
Focalizado y estudiado así, podemos comprender
sin violencia que Artigas -conforme a lo dicho
por un escritor argentino- tuvo que ser acreedor
a la gracia de un alto favor especial que pudo
permitirle "haber sido tan impetuoso en sus
ideas, tan prudente en sus juicios, tan humilde
en su conducta, tan austero en su vida, tan fuerte
en la adversidad, tan pobre en la muerte y tan
grande en todo momento".
Gran calumniado de nuestra historia, la era polémica
primitiva en lo que se refiere a la personalidad
del Protector de los Pueblos Libres -ha escrito
el Dr. Gustavo Gallinal- puede considerarse clausurada
para nosotros y su figura se yergue sobre las
fronteras, señoreando cada día un
escenario histórico más vasto.
Pero ni han terminado ni tendrán término
la agitación, el choque, la remoción
de ideas en torno a su figura, como no se cierran
en torno a ninguna personalidad creadora, cuyos
actos y cuyos pensamientos se proyectan hacia
el porvenir.
Mientras tanto -para decir con palabras de Héctor
Miranda- "sus hechos están ahí,
solemnes y elocuentes, resonando para siempre
en la Historia. Ellos demuestran la superioridad
intelectual del patricio, su potencia de espíritu,
su inmensidad de pensamiento".
Material de la biblioteca José Gervacio
Artigas
Jorge Pedoja
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